Ayer por la mañana recibí unos regalos de Reyes sencillamente brutales. Exagerados. No creo que en dos vidas llegue a ser tan bueno como para merecerme algo así. Mira que en mi familia (padres, abuelos) siempre hemos celebrado los Reyes por todo lo alto, con regalazos para todos, pero lo mío de este año ha sido una locura. Me pidieron una lista y, para variar, fui incapaz. Es más, insistí en que no necesitaba nada y que, por favor y por la crisis, no se excedieran lo más mínimo. Pues nada, oídos sordos.
Dos regalos me han dejado literalmente sin palabras (por el pastón que cuestan y por lo que me han flipado): el PopCorn Hour A-110 que me han regalado mis progenitores y la Wii que me ha caído en casa de mi novia. Aún no me he recuperado del shock de ambas cosas. Me da hasta vergüenza que se las haya ido la olla de semejante manera.
Lo dicho, que me he quedado literalmente sin palabras, mirando las cajas con cara de gilipollas. Y lo peor de todo es que han creado un monstruo: dos nuevos cacharros sobre los que leer cientos de miles de páginas en Internet en las que perderé irremediablemente cientos de horas.
Yo flipo. En colores.